Crísis de pánico y Agorafobia

Escribe: Lic. Ps. Jeannette Tourn

“Esa mañana Analía, de 26 años, viajaba en el ómnibus que la llevaría a su trabajo, cuando de pronto empezó a sentirse mal. Comenzó a tener nauseas, a transpirar, a sentirse mareada, y a tener la sensación de que algo malo iba a pasar. El corazón le latía rápidamente, el miedo la dominaba. La situación se volvió tan intolerable que decidió bajar del ómnibus. Camino a su casa, aún agitada pensaba: ¿qué tendré? No es la primera vez que me pasa! debe ser algo al corazón. Sin embargo los médicos que la examinaron no encontraron ninguna alteración física. En el último mes Analía realizó cinco consultas a su servicio de emergencia”.

AGORAFOBIA

Quienes padecen crisis de pánico viven esta escena o situaciones similares una y otra vez, sin saber muy bien por qué, ni cómo proceder. El diagnóstico correcto suele hacerse tardíamente porque el paciente insiste en buscar una patología orgánica que explique sus síntomas. Paulatinamente su preocupación aumenta, junto con los síntomas, restringiendo cada vez más las actividades fuera de su casa, por temor a que algo grave les suceda.

¿QUÉ ES una crisis DE PÁNICO?

También llamada crisis de angustia, consiste en la aparición repentina, sin motivo aparente, de una sensación de miedo intenso, acompañado de malestar y de una serie de síntomas tales como mareos, palpitaciones, taquicardia , sudoración, sensación de ahogo, opresión en el pecho, náuseas, miedo a perder el control de sí mismo o a morir, etc.

Estas crisis, al ser tan desagradables y repetirse con cierta periodicidad, van limitando progresivamente el desarrollo de las actividades diarias debido al miedo a un nuevo episodio, pudiendo contribuir a la aparición de agorafobia.

¿QUÉ ES la agorafobia?

Una fobia es un miedo intenso e irracional ante objetos o situaciones que no son peligrosas en si mismas, pero cuya presencia provoca un malestar significativo y la necesidad de huir o evitar enfrentarse a lo que se teme. Existe una gran variedad de fobias: Fobia social, fobia a las alturas, claustrofobia, aerofobia, etc. En todas ellas se presenta algo en común: el miedo, los síntomas físicos y la evitación de lo temido.

En el caso de la Agorafobia el miedo se ha extendido a lugares abiertos o públicos (como una plaza, o la calle) o lugares donde, de ser necesario, seria difícil o embarazoso poder escapar rápidamente (cines, teatros, shoppings, supermercados).

Las personas que sufren Agorafobia evitan estos lugares: algunas no salen de su casa o sólo lo hacen en compañía de alguien de confianza. Temen ir a una clase o al cine, y si logran ir (con alguien que los acompañe) se ubican cerca de la salida para poder escapar si se sienten mal.

En caso de enfrentarse a estos lugares o situaciones aparece una gran variedad de síntomas: sienten un miedo intenso, les falta el aire, aumenta su frecuencia cardíaca, las piernas parecen aflojarse, sienten mareos o náuseas, etc. Si esta sintomatología es muy intensa puede llegar a constituir una crisis de pánico. Una vez fuera de la situación, en un lugar “seguro” lentamente se van calmando, hasta que los síntomas desaparecen.

Progresivamente van disminuyendo los lugares a los que pueden concurrir solos y su vida social decrece. Muchos se encierran en sus casas y se vuelven dependientes de las personas que los acompañan. Progresivamente, también, sus actividades disminuyen. La depresión y el consumo de alcohol están frecuentemente asociados a este trastorno, debido en gran medida a la angustia e impotencia que genera.

¿Cómo comienza la Agorafobia?

Generalmente cuando las personas que sufren Agorafobia consultan, han padecido este trastorno durante varios años. Muchos de ellos recuerdan la primera vez que sufrieron estos síntomas y como comenzaron a tener miedo. Algunos recuerdan que en la época que aparecieron los síntomas estaban viviendo situaciones estresantes en el trabajo o con la familia. Otros simplemente sufrieron los síntomas y no los relacionan con nada en especial. Todos coinciden en que las sensaciones son muy desagradables y que no quieren pasar por ellas nunca más.

¿Qué es el miedo?

Todos hemos pasado en algún momento de nuestra vida por una situación de miedo. Podemos decir que el miedo es una respuesta normal en los seres humanos ante situaciones de peligro, que garantizó la supervivencia de la especie. Frente a una situación peligrosa podemos reaccionar de tres maneras diferentes: atacar y defendernos, alejarnos de aquello que nos produce miedo, o quedarnos paralizados.
En todos los casos nuestro cuerpo sufre una serie de cambios que le posibilitan reaccionar así. El miedo es pues, una reacción de nuestro cuerpo que esta comandada por el sistema nervioso autónomo, y que nos permite enfrentar el peligro.

¿Qué ocurre en nuestro cuerpo?

Comandada por una cantidad de órdenes del sistema nervioso y endócrino se produce una liberación de glucocorticoides que provocan la síntesis de adrenalina y opiáceos endógenos. Como consecuencia nuestro corazón se acelera, en nuestro hígado se produce la síntesis y liberación de azúcar para usar nuestra musculatura; nuestra capacidad respiratoria y dilatación bronquial aumentan para captar mas oxígeno, el cual se distribuye más rápidamente por nuestro cuerpo, nuestras pupilas se dilatan. En definitiva nos volvemos más rápidos, mas ágiles, más fuertes para reaccionar frente a la situación peligrosa: salir corriendo o atacar.
Por lo tanto el miedo es una respuesta adaptativa, una respuesta útil que nos ayuda cuando lo necesitamos.

¿Cuándo molesta el miedo?

Como vimos el miedo nos permite enfrentarnos a situaciones en las cuales debemos actuar rápido y lo hace provocando una serie de cambios en nuestro cuerpo. Sin embargo estos cambios solo son adaptativos si se dan frente a una situación de peligro real, es decir de amenaza a nuestra integridad física. Si durante una pelea nuestro corazón late mas rápidamente, nuestros músculos se tensan y nuestros movimientos se agilizan nos sentiremos más fuertes y tendremos más posibilidades de ganar. Pero si esta respuesta se da frente a una situación que no es peligrosa, por ejemplo cuando vamos viajando en un ómnibus, nos sentiremos incómodos, raros, nerviosos. En este caso el miedo se ha vuelto una respuesta no adaptativa, nuestro cuerpo produce cambios que no son necesarios. Además de molestarnos nos preguntamos porqué esta pasando esto y como las sensaciones son desagradables suponemos que es algo malo y por lo tanto nuestro miedo aumenta. Se forma así un círculo donde el propio miedo da miedo: esto es lo que sienten las personas que sufren Agorafobia.

¿Porqué se temen algunos lugares y otros no?

Las personas que sufren Agorafobia temen salir solos de sus casas, ir de compras al supermercado, ir al cine o tomar un ómnibus. Por ello evitan estas situaciones. Algunos salen acompañados, o toman siempre un taxi, o pueden hacer solo ciertos recorridos que consideran seguros.

La razón de que esto suceda es que el miedo es una respuesta condicionable, lo cual significa que puede ser asociado a un lugar o una situación. Si por ejemplo volviendo a mi casa una noche sufriera un asalto, probablemente evitaría ese recorrido de ahí en más: el miedo ha quedado condicionado a ese lugar y si paso por ahí nuevamente probablemente sienta miedo.

Como conclusión, podemos pensar que ciertos lugares o situaciones pueden provocarnos miedo si es que así lo hemos condicionado. Si el miedo es muy intenso hasta el punto que afecta nuestra vida habremos condicionado una fobia. Las fobias se adquieren por condicionamiento y se mantienen por evitación. Los Agorafóbicos han condicionado una cantidad de miedos pero además han empezado a tenerle miedo al propio miedo.

¿Quiénes pueden tener crisis de pánico y Agorafobia?

Las personas que sufren crisis de pánico y eventualmente Agorafobia, son personas ansiosas, es decir que tienen mayor predisposición a la ansiedad. No todos vivimos con el mismo grado de ansiedad las situaciones cotidianas. Algunas personas nacen con la capacidad de responder en forma ansiosa con mayor facilidad que otras. Según el medio donde vivimos, crecimos o nos educamos aprenderemos a responder con más o menos temor y ansiedad frente a situaciones nuevas o inesperadas.

¿A cuantas personas les sucede?

Estudios epidemiológicos elaborados en todo el mundo indican de forma consistente que las crisis de pánico (con o sin agorafobia), afectan entre el 1,5 y 3,5% de la población, con mayor incidencia en mujeres. En cuanto a la edad, la juventud es una etapa frecuente de comienzo.

Con frecuencia existe comorbilidad con otras enfermedades psiquiátricas como depresión (30-50%) o alcoholismo (35%). Alrededor de un 20% realizan un intento de suicidio

Teniendo en cuenta estos datos, se vuelve imprescindible que las personas afectadas por estos trastornos, cuenten con un tratamiento efectivo y especializado.

¿Se puede curar la Agorafobia?

Así como se aprende a reaccionar con miedo y se condiciona el miedo, se puede aprender a reaccionar en forma diferente y romper ese condicionamiento. Esto implica, como todo aprendizaje, un rol activo por parte del paciente.

¿Qué puede hacer la familia?

Es muy difícil para una persona que no sufre este trastorno comprender el sufrimiento de los pacientes. Muchas veces los Agorafóbicos pueden ser acusados de hipocondríacos, de no querer trabajar, o de ser exagerados al hablar de sus miedos. Por ello cabe aclarar que los síntomas que sufren son reales y muy molestos. El tratamiento que reciban intentará lograr que enfrenten estos miedos en forma sistematizada, paso a paso.

El apoyo de los familiares se basa fundamentalmente en la comprensión y la escucha, así como en animar al paciente a que busque ayuda. . También en la cooperación para que el ambiente familiar sea tranquilo y acogedor.

Tratamiento, ¿a quién consultar?

En la actualidad, los tratamientos que cuentan con mayor evidencia sobre su eficacia son las intervenciones de tipo cognitivo-conductual. Estas se complementan frecuentemente con el tratamiento farmacológico, el cual ayuda a reducir la frecuencia e intensidad de los síntomas. Este tratamiento debe ser indicado y controlado por un médico psiquiatra. Progresivamente se promueve la disminución en el consumo de fármacos, en la medida en que el paciente va adquiriendo otras estrategias para afrontar sus dificultades.

En cuanto al tratamiento psicológico cognitivo-conductual, éste puede ser de tipo individual o grupal. La elección se hace teniendo en cuenta las características personales del paciente y la coexistencia de otros trastornos.

En nuestra experiencia (tanto hospitalaria como privada) el trabajo con pequeños grupos (hasta 8 integrantes), siempre con la supervisión de un terapeuta, suele ser de gran utilidad. Les permite a los pacientes constatar que no son los únicos que tienen ese problema, así como compartir sus experiencias con los demás y aprender de ellas. Los logros de sus compañeros les confirman que la mejoría es posible y les da confianza para afrontar los desafíos del tratamiento.

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