Agresividad: ¿Cómo surge? ¿cómo manejarla?

Escriben: Lic. Soledad Baccino, Lic. Verónica Orrico, Lic. Jeanette Tourn
Psicólogas y Terapeutas Cognitivo Conductuales

Violencia y agresión, se han vuelto palabras populares en los últimos tiempos, podríamos decir que ya forman parte de nuestra cotidianeidad.

Si prestamos atención, probablemente nos demos cuenta que directa o indirectamente, presenciamos alguna forma de violencia social cada día: violencia en el deporte, en las escuelas, violencia doméstica y otras manifestaciones de conflictos interpersonales.
En este sentido, los medios de comunicación son los principales portavoces de estos acontecimientos y quizás las imágenes televisivas sean las que golpean más intensamente nuestra sensibilidad.

¿POR QUÈ SOMOS AGRESIVOS?
Seguramente alguna vez nos hemos preguntado por qué ante una misma situación, algunas personas reaccionan agresivamente y otras no. La manera de sentir, pensar y actuar de los seres humanos está determinada por factores genéticos y por las experiencias por las que haya atravesado a lo largo de su vida.

Históricamente ha existido una polémica acerca de si es cierto que los seres humanos somos genética e instintivamente agresivos (Corsi, J.; 1994). En la actualidad diversos estudios han demostrado que la herencia sólo suministra la potencialidad o capacidad de comportarse agresivamente, la cual podrá expresarse o no. Por otra parte, una agresividad innata y sin límites hubiera condenado a la especie humana a la destrucción. El factor principal en la evolución es la cooperación más que el conflicto.

La capacidad para la agresión está modelada por el entorno sociocultural y por las experiencias de aprendizaje propias de cada persona (Bandura, A. y Ribes-Iñesta, E.; 1976). En este sentido los padres, maestros y otras figuras significativas para el niño, juegan un rol fundamental.

Para que un niño no sea agresivo debe tener la oportunidad de observar en otros, modelos alternativos a la ira y a la agresión. Para que sea considerado y afectuoso, debe ser tratado con afecto y consideración. Esto que parece obvio, no siempre sucede. Si le gritamos a un niño para que se calle o nos obedezca, le estamos enseñando que la mejor forma de conseguir lo que desea es gritando. Si le prestamos atención solo cuando nos molesta, le enseñamos que esa es una buena manera de obtener afecto. Los niños aprenden observando la forma de comportarse de los adultos y sus consecuencias. Por eso el refrán “haz lo que yo digo pero no lo que yo hago”, funciona exactamente a la inversa.

Junto a las influencias familiares debe destacarse el rol de la cultura y de los medios de comunicación.

Presenciar imágenes violentas tanto mediante la propia experiencia como a través de los medios de comunicación hace que niños y jóvenes se vayan desensibilizando ante estas situaciones y las incorporen a su vida como patrones de comportamiento habituales, perdiendo progresivamente la capacidad crítica ante estos sucesos.

No podemos desconocer la presencia de estresores sociales que favorecen los comportamientos agresivos. La frustración que genera el desempleo y la dificultad de reinsertarse en el mercado laboral, el sedentarismo y la existencia de necesidades básicas insatisfechas, son algunos de los estresores más importantes en nuestro país. No obstante, cabe destacar que no todas las personas que atraviesan estas situaciones adversas reaccionan con agresividad. Junto al hecho en sí mismo, incide el significado o interpretación que cada persona haga del mismo, sus experiencias anteriores, los recursos psico-sociales con que cuente, etc.

Otro factor de incidencia es la educación diferencial que reciben hombres y mujeres, basada en la creencia de que la agresividad es parte de la identidad masculina. Esta creencia lleva al fomento y aprobación de estas conductas, incluso en los niños.

Otro mito bastante difundido presupone que siempre es bueno descargar las emociones, incluyendo la ira. Sin embargo la mera descarga emocional, no siempre apunta a una resolución positiva. Por ejemplo, un despliegue de violencia de una barra brava en el estadio, no modificará en modo alguno el resultado del partido.

Si bien es saludable expresar nuestras emociones y sentimientos, es necesario hacerlo en forma adecuada, con calma, sin agresión y respetando las ideas y sentimientos de los demás. Es lo que se denomina conducta asertiva.

CUANDO LA AGRESIVIDAD SE VUELVE UN PROBLEMA…
Sentirse enojado o molesto cuando las cosas no salen como uno espera es algo “normal” y beneficioso, en la medida en que nos lleve a planificar cambios en nuestro entorno. El problema surge cuando la ira y la agresión se vuelven frecuentes y/o desmedidas en relación a la situación que las provoca.
En otras palabras, , si bien el comportamiento agresivo como defensa puede justificarse ante una amenaza real (un ataque físico por ejemplo), se generaliza a situaciones que naturalmente nada tienen de peligrosas o amenazantes para la vida.

Quienes se enojan y ofenden con facilidad poseen un estilo de comunicación agresivo. Son muy exigentes consigo mismos y con los demás, hipercríticos, y se manejan con normas muy rígidas sobre cómo deben ser las cosas y las personas: cómo deben comportarse las parejas, los amigos, los hijos. A menudo gritan, amenazan y pierden el control.

En algunas ocasiones la persona agresiva obtiene lo que desea, ya que los demás ceden para evitar problemas. Pero a largo plazo se sienten solos, rechazados por los demás y a menudo culpables.

Por otra parte, diversas investigaciones han demostrado que la ira y la agresividad crónicas, incrementan el riesgo de padecer hipertensión y enfermedades cardiovasculares.

¿QUÉ PODEMOS HACER?
Como hemos visto, existen una pluralidad de factores que inciden en la aparición y el mantenimiento de la agresividad y la violencia. Por ello, las acciones a llevar a cabo son complejas e involucran a los distintos actores sociales: familia, centros educativos, organismos gubernamentales, medios de comunicación, etc.

No obstante, las relaciones interpersonales son una de las principales áreas en las que podemos actuar en forma concreta y efectiva con el fin de comenzar a lograr cambios sensibles en nosotros mismos y en nuestro entorno.

Para aprender a manejar la agresividad y la ira es necesario identificar las situaciones o personas ante las cuales surgen, la manera en que las interpretamos, así como las cosas que decimos o hacemos que pueden herir a los demás o a nosotros mismos. Luego se deben aprender y practicar habilidades de comunicación adecuadas, que nos permitan relacionarnos de manera más saludable. Cuando observamos que existen determinadas circunstancias ante las cuales reaccionamos agresivamente de manera crónica, puede ser necesario efectuar otro tipo de acciones, cuya descripción va más allá de las posibilidades de este artículo.

Teniendo en cuenta la complejidad de estos procesos, daremos algunas sugerencias para mejorar el modo en que nos comunicamos, las cuales no sustituyen un abordaje específico y personalizado.

BUSCAR EL MOMENTO ADECUADO: Es frecuente observar, sobretodo en las parejas, que comienzan a hablar de temas importantes al regresar de su trabajo, cansados y mientras los chicos se pelean, miran la televisión a todo volumen o requieren de una u otra manera su atención. Discutir en tales condiciones, (cansancio, interrupciones…), crea el ambiente propicio para los reproches, insultos y otras manifestaciones de la agresividad. Buscar el lugar y momento adecuados se vuelve algo indispensable.

PROCURAR SOLUCIONES: A menudo comenzamos a discutir sobre un tema y pronto salen a colación infinidad de críticas y reproches, procurando determinar quién es el culpable de lo que está sucediendo. Esta actitud sólo consigue distanciar cada vez más a las personas e impide encontrar soluciones. El objetivo de una discusión debe ser intercambiar impresiones acerca de “qué podemos hacer para resolver el problema”, no dilucidar quién tiene la culpa.

NO ETIQUETAR: Cuando nos enojamos con alguien, a menudo usamos adjetivos que califican a la persona en su totalidad y que no describen qué es exactamente lo que nos molesta o enoja. Sin embargo, nadie es “irresponsable”, “egoísta”, o “desordenado”, todo el tiempo y en todas las situaciones. Lo que decimos no es totalmente cierto y, lo que es peor, pone a la otra persona a la defensiva, evitando la búsqueda de soluciones. Por ello es conveniente describir lo que la persona hace “no me ayudas con los chicos”, “dejaste nuevamente la ropa tirada”, no lo que la persona es.

SER FLEXIBLE: Solemos esperar que los demás actúen de la misma manera en que nosotros lo haríamos. En algunas personas esta modalidad se torna rígida y constante: adoptan el rol de juez y encuentran faltas y errores en los demás. Sin embargo las personas no hacen lo que “deberían”, sino lo que les resulta gratificante y conveniente en cada situación. Por otra parte, más allá de las normas legales, no existen reglas específicas sobre cómo deben relacionarse las personas o sobre qué es justo o injusto. Regirse por reglas muy rígidas y pretender imponerlas a los demás, sólo nos llevará a la frustración y a la agresión. Si en alguna oportunidad nos encontramos juzgando a la otra persona en términos de: lo justo es…, tendría…, debería, sería bueno cuestionarnos si estamos imponiendo nuestro estilo de pensamiento sobre el de los demás. Es más conveniente aceptar que los demás tienen valores y necesidades propias e intentar llegar a acuerdos.

APRENDER A NEGOCIAR: la convivencia en sociedad implica una negociación constante, aunque no siempre nos demos cuenta de ello. Negociamos con nuestro jefe, compañeros de trabajo, familiares y amigos. Negociar implica no interpretar las discusiones en términos de “ganar o perder”, sino estar dispuestos a ceder en algo para llegar a acuerdos. Ejemplos de ello son decidir junto con nuestra pareja a qué escuela enviaremos a nuestros hijos o cómo hacer para disminuir los gastos. Para negociar es necesario dedicar tiempo a escuchar y entender la postura de la otra persona, sin estar pensando en cómo contraatacar o convencerla. También implica reconocer que las necesidades de la otra persona son tan importantes para ella como lo son las nuestras para nosotros y, sobretodo, que es posible llegar a acuerdos que beneficien a ambos.

Estas recomendaciones no garantizan el logro de acuerdos en todos los casos, pero contribuyen a tal fin. No olvidemos que la comunicación es algo de a dos y que el logro de una comunicación satisfactoria, es algo que depende de ambas partes.